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Edición 2026

Los fuegos de la Concha desde el mar: nuestra noche a bordo del Aitona Julián III

El jueves 13 de agosto volvimos a ver los fuegos desde dentro de la bahía, en una de las tres motoras de la Isla. Lo hicimos el año pasado, nos gustó mucho y quisimos repetir. Esto es cómo funciona la noche, qué se ve y qué se oye desde el agua, por qué nos subimos al barco sin música y lo único que nos salió regular.

Los fuegos de la Concha desde el mar: nuestra noche a bordo del Aitona Julián III
Esteban de Aymerich / semanagrande.com

Imagen usada con fines informativos. Todos los derechos pertenecen a sus respectivos titulares. Más información en el aviso legal.

Las tres crónicas que llevamos esta Semana Grande eran de cena y fuegos. Esta no: esta es de solo fuegos. Y ojo, que «solo fuegos» suena a poca cosa y no lo es en absoluto, porque el sitio desde el que los ves cambia el plan entero.

El jueves 13 de agosto de 2026, la noche que le tocaba a Gianni Vaccalluzzo en el Concurso Internacional, los vimos desde dentro de la bahía, en una de las tres motoras de la Isla. Es nuestro segundo año haciéndolo: el pasado probamos, nos gustó mucho y este quisimos repetir. Y me atrevo a decir que lo seguiremos haciendo.

Aviso de entrada, porque es importante y no queremos que se lea a mitad del artículo: esta vez no pagamos las plazas. Nos invitaron Motoras de la Isla. Tienes el detalle completo en la nota de transparencia del final de la página, y ya que estamos: lo único que nos salió regular de la noche está contado igual que si hubiéramos pagado, un poco más abajo.

Y hay una cosa que a nosotros nos hizo especial gracia. Estas mismas tres motoras las llevábamos toda la semana viendo desde fuera: cruzando la bahía iluminadas de azul mientras cenábamos en la terraza de La Perla, desde el Asador Alaia allá arriba en Igueldo y desde la terraza del Aquarium la noche del eclipse. Tres noches viéndolas cruzar la bahía con la reserva del jueves ya hecha, pensando en cómo se daría la nuestra. Y ayer nos tocó justo al revés: dentro de una de ellas, mirando la ciudad desde el agua.

Lo primero: dónde se embarca, que el año pasado no lo sabíamos

Empiezo por lo que más falta nos habría hecho en 2025. Aquel año fuimos sin tenerlo claro y nos recorrimos primero el espigón que hay entre el Náutico y la taquilla principal de las motoras, convencidos de que se salía de allí. No. Luego nos tocó cruzar aprisa y corriendo toda la zona de conciertos y txosnas de Donostiako Piratak hasta la entrada buena.

Arco de piedra de la entrada al puerto de Donostia con una pancarta negra que dice «Ongi etorri piraten gune askera» y el barco pirata del logotipo de Donostiako Piratak
Por aquí se entra a la zona de los Piratak. El año pasado la cruzamos corriendo; este íbamos con tiempo.

Este año fuimos directos: se embarca en el muelle, justo delante de la heladería Arnoldo —para nosotros, los mejores helados del mundo mundial—. Dicho esto, es lo que vimos nosotros el día 13: ni la hora ni el punto exacto de embarque de las noches de fuegos los publican en su web, así que confírmalo al reservar y no te fíes de lo que cuente un artículo, ni siquiera este.

La cola, o por qué me llaman «ambustias»

Unos días antes, la persona con la que estuve en contacto me dijo que el embarque empezaba a las 21:30, pero que estuviéramos atentos: según el día, hay gente que se pone a la cola desde las nueve.

Pues va a ser verdad. Preferimos ir con margen, dar una vuelta por la zona de conciertos del puerto y pillar el helado de Arnoldo que quería Elena; a las ocho y media ya había gente esperando. Así que, helado en mano, nos plantamos en la cola a las nueve menos cuarto. Elena me decía que soy un «ambustias», que soy muy pesado y que no hacía falta ponerse tan pronto.

Y no, «ambustias» no lo vas a encontrar en el diccionario: es palabra de casa. Se la oía a mi padre, que ya no está, cada vez que me veía en plan cagaprisas. Le tengo un cariño enorme a esa palabra —es una de tantas cosas pequeñas que me hacen acordarme de él—, así que la sigo diciendo, y con gusto.

Cola de gente esperando en el muelle del puerto de Donostia junto a dos motoras azules amarradas, con la heladería Arnoldo y las casas del muelle al fondo
La cola, a las nueve menos cuarto. Al fondo, Arnoldo; el helado ya iba en la mano.

Pero oye, tampoco hicimos mal. Son tres barcos, así que se junta mucha gente, y de la que teníamos delante —que no era poca— buena parte era la avanzadilla del escuadrón: de cada dos personas salían luego cuatro o seis. Eso pasa en todas las colas del mundo y aquí también.

Tres barcos, y uno va sin música

A las 21:30 abrieron, puntuales, y aquí viene el dato que a nosotros nos cambió la noche y que también nos habían contado con antelación: salen tres motoras —el Aitona Julián II, el III y el IV—, y dos de ellas van con música, en plan fiesta. La tercera, no.

Nosotros nos subimos al III, el que iba sin música, y acertamos de pleno para lo que buscábamos: bastante más tranquilo. Se nota que tiene menos demanda que los otros dos, así que además cogimos muy buen sitio, delante del todo. Si lo que te apetece es la fiesta, tienes dos barcos para elegir; si prefieres mirar y callar, hay uno. Que cada cual elija, que para eso están.

Cubierta del Aitona Julián III todavía vacía antes de zarpar, con los bancos corridos iluminados por la tira de LED azul y la caseta del patrón con el nombre del barco rotulado
A bordo del Aitona Julián III a las 21:35, con la cubierta aún vacía. Por eso pillamos primera fila.

Un apunte por si te sirve para elegir: el reparto de barcos tampoco lo publican en ningún sitio, es lo que nos informaron a nosotros y lo que vivimos esa noche. Puede cambiar de un día para otro.

Quién es el «Aitona Julián», ya que estamos a bordo

Esto lo cuentan ellos en su web y me pareció que merecía un hueco aquí. Aitona Julián significa «abuelo Julián» en euskera, y el abuelo Julián existió: Julián Isturiz, que en 1942 arrancó el servicio regular de pasajeros a la isla de Santa Clara con una motora llamada Belmonte, de 8,30 metros y sitio para unas ocho personas.

De ahí a hoy van tres generaciones. Su hijo, Ángel Isturiz, botó en 1983 el primer Aitona Julián —12,50 metros y 98 pasajeros—, y son ya sus nietos, Julián y Borja, quienes encargaron en 2020 el Aitona Julián III: justo el barco en el que íbamos nosotros. El II es de 2015 y el IV, de 2023, el más grande de los tres.

Y permíteme un guiño, ya que la noche va de abuelos: Julián, un buen colega de Madrid tanto en lo personal como en lo profesional, y al que en unas cuantas cosas considero un maestro, ha sido aitona por primera vez este año. Así que este barco te queda que ni pintado. Va por ti.

Y una cosa que estuve mirando de cerca mientras esperábamos: los molinillos verticales y las placas solares que llevan encima. Según cuenta su web, el IV monta una motorización híbrida con motores eléctricos para las maniobras alimentados por sol y viento, para moverse por el puerto sin emisiones. Ochenta y tantos años después del Belmonte, con lo que aquello debía de ser.

Zarpamos: media hora de bahía de noche

Hacia las diez arrancaron los motores y los dos barcos musicales encendieron los altavoces. Salimos del puerto viendo desde el agua el ambiente de arriba: las cenas, la gente, las txosnas. Semana Grande en Donosti, pero mirándola desde fuera, que es una sensación rarísima y muy buena.

Durante media hora larga las tres motoras van dando una vuelta por la bahía, bien organizadas entre ellas, y ahí está lo que a mí me parece la mitad del plan: Donostia de noche vista desde el mar. El puerto, el Aquarium, las ferias del Paseo Nuevo encendidas, la Concha entera, Ondarreta, el pico del Loro, Igueldo, la isla, Urgull por encima de todo. Impresionante, y encima sin tener que pelearte con nadie por un hueco en la barandilla.

Y aunque el nuestro fuera el de sin música, la de los otros dos llegaba por encima del agua, así que en cierto modo tuvimos banda sonora de fondo sin tenerla dentro. Y disfrutar del silencio —o del casi silencio— también es una gozada. Para mí, por lo menos.

Aprovecho para confesar otra, ya que en la del Aquarium conté lo de la biología marina: llevo tiempo con la idea de sacarme la licencia de navegación, el «titulín» de toda la vida. Hace nada un amigo me dijo que iba a por ella y me dejó los dientes largos. Lo haré, pero más adelante. Y me ronda también el bautismo de buceo, que es otra historia, aunque igual de mojada. Con esto ya te haces una idea de por qué un plan que consiste en subirse a un barco de noche me parece un planazo antes de empezar.

Y noches como esta tampoco ayudan a esperar, la verdad: con la bahía llena de barcos fondeados, gente cenando a bordo y las tres motoras yendo y viniendo, uno mira aquello y piensa «yo quiero». Sin flipar, eso sí: no voy a llevar en mi vida un barco como el Aitona Julián III. Pero una txalupilla, algo txikitillo para dar una vuelta por la bahía, ya me gustaría.

Aunque para ese plan tengo una kriptonita con nombre propio: Elena se marea hasta en un gabarrón, fijo. Así que, si algún día llega la txalupilla, la tripulación habrá que negociarla. Y de esto último, por cierto, hablamos enseguida.

La bahía de la Concha de noche llena de embarcaciones fondeadas esperando los fuegos, con la playa y toda la fachada del paseo iluminadas al fondo
La bahía a las diez y media, ya llena de barcos esperando. Desde aquí no hay nada delante.

Lo que nos salió regular: el mareo

Y aquí va lo único que no fue bien, que lo contamos igual que si hubiéramos pagado las entradas. El agua estaba movidita. A mí no me afectó, pero Elena se marea con una facilidad tremenda —se marea hasta sentada en un taburete, con eso te lo digo todo— y la última parte la pasó bastante más «pallá» que «pacá».

No es culpa de nadie: es un barco, en el mar, de noche. Pero es justo el tipo de cosa que uno agradece saber antes. Ya le dije que la próxima vez, biodramina antes de salir de casa. Yo no soy muy creyente de esas cosas, pero entiendo perfectamente que a quien le afecta le viene bien, y aquí habría cambiado la última media hora entera.

Los fuegos, con la bahía por delante

Antes de la hora, los tres barcos se van colocando en sus posiciones y apagan motores y altavoces. Se queda todo en silencio de golpe, con la ciudad iluminada alrededor y un montón de embarcaciones fondeadas al lado. Ese momento, el de antes del primer trueno, es de los mejores de la noche.

Fuegos artificiales blancos y azules abriéndose sobre la bahía de la Concha vistos desde la cubierta de la motora, con las siluetas de los pasajeros recortadas a contraluz en primer plano
Esto es lo que se ve desde cubierta: los fuegos enteros, el reflejo en el agua y la ciudad debajo.

Y ahora lo que de verdad importa: desde el agua los fuegos se ven y se oyen de lujo. Lo de «desde la bahía» hay que matizarlo, eso sí, porque bahía es un decir muy amplio: depende de lo cerca que pueda ponerse cada uno, y en eso se nota que quien lleva el barco lleva haciéndolo muchos años. Las tres motoras se colocan en un sitio privilegiado y paran motores.

Lo que ya no depende de ellos es dónde te toque a ti, y aquí va nuestra lección del jueves: un barco no es una terraza. Tiene proa, popa y dos costados, y no todos miran al mismo sitio. Llegamos pronto a la cola y cogimos lo que parecía el sitio perfecto, delante del todo y a la derecha… y el lado que acabó mirando a los fuegos fue el izquierdo.

Con eso pasa lo normal: la gente se levanta, se cambia de sitio y se recoloca. Es un mal menor, no estropea la noche y en un barco entra dentro de lo esperable, pero cuenta con ello: ni el mejor sitio de la cola te garantiza quedarte de frente.

Estás lo bastante cerca como para que el sonido llegue entero —el golpe, no el eco— y a la vez tienes el mar por medio devolviendo cada estallido, sin edificios delante y con la ciudad iluminada de fondo. Es lo que hace distinto al plan, y es lo más difícil de contar con una foto: por eso los tres vídeos de esta página llevan el sonido original, y ahí sí te puedes hacer una idea de cómo se oye desde ahí.

Los de Gianni Vaccalluzzo nos gustaron mucho. Y tuvimos suerte con el viento: el humo no se nos quedó delante, que es exactamente lo que nos pasó el día 10 desde la terraza de La Perla, donde a partir del minuto diez la nube se quedó colgada sobre la bahía. Ojo, que eso depende de la noche y del sitio, no del barco: ni te lo pueden garantizar ni te lo vamos a vender nosotros.

Nuestras fotos van de las 22:45 a las 22:58, que es lo que estuvimos disparando nosotros.

La vuelta

En cuanto acabó, los tres barcos arrancaron de nuevo y rumbo al puerto. Sin agobios y sin colas para bajar, que después de un espectáculo así se agradece no acabar la noche en un atasco de gente.

El Aitona Julián II navegando de noche de vuelta al puerto con su tira de LED azul encendida, con el monte Urgull y las luces de las ferias del Paseo Nuevo al fondo
Uno de los otros dos barcos, de vuelta a puerto con Urgull y las ferias detrás.

Nosotros salimos encantados, como el año pasado. Es una experiencia que a nosotros nos parece muy recomendable, y seguro que no ha sido la última vez.

El precio, y de dónde lo sacamos

Su web anuncia la travesía de fuegos por 18 € por persona, con plazas limitadas. Repetimos lo de arriba porque es lo justo: ese es su precio publicado, no lo que pagamos nosotros, que fuimos invitados. Es una tarifa aparte de la habitual, donde el traslado directo a la isla cuesta 5 € y el paseo de 30 minutos por la bahía más la isla, 8 €.

Y lo práctico, porque esto se publica al día siguiente de nuestra noche: cuando lees esto todavía quedan la del viernes 14 y la del sábado 15, que cierra el certamen. Si te ha entrado el gusanillo, conviene darse prisa: en los días grandes se agota. Tienes el detalle del plan en la ficha que publicamos ayer y en nuestra selección de experiencias.

Y esto no va solo de fiestas: la isla, todo el verano

Que conste que las motoras no aparecen en agosto y desaparecen. Lo suyo de siempre es cruzar a la isla de Santa Clara, y lo hacen de junio a septiembre con dos líneas, que son las que salen en el cartel que fotografiamos en el muelle: la roja, traslado directo a la isla ida y vuelta por 5 € —la travesía dura menos de diez minutos—, y la azul, un paseo de 30 minutos por la bahía con parada en la isla, por 8 €. Los menores de cuatro años no pagan.

Y lo digo aquí porque me parece de justicia: cruzar a la isla es un plan pequeño y enorme a la vez. El billete es de ida y vuelta y las motoras salen cada media hora, así que lo mismo te sirve para cruzar y volverte en el siguiente que para quedarte un rato o pasar el día entero allí. Cinco euros y la perspectiva de la ciudad te cambia por completo. Si vienes en verano y solo te da tiempo a una cosa del mar, esa vale mucho la pena.

Lo que aprendimos, por si vas

  • Ve pronto a la cola. A nosotros nos dijeron 21:30 para embarcar y a las 20:30 ya había gente esperando. Nos pusimos a las 20:45 y no nos sobró tanto.
  • El sitio te lo juegas en la cola, pero no te lo garantiza. Quien entra primero elige, aunque hasta que el barco se coloca no sabes qué lado va a mirar a los fuegos: a nosotros nos tocó el contrario. Y la gente se levanta y se mueve. Mal menor, pero cuenta con ello.
  • Se embarca en el muelle, delante de Arnoldo, no en la taquilla principal. Es lo que vimos el día 13; confírmalo al reservar, porque no lo publican.
  • Hay un barco sin música. Si vas buscando tranquilidad, pregunta por él; si vas buscando fiesta, los otros dos son los tuyos.
  • Si te mareas, tómate algo antes de salir de casa. El agua puede estar movida y la travesía dura más de una hora entre ida, espera y vuelta.
  • La media hora de paseo previa vale tanto como los fuegos. Donostia de noche desde el mar es media gracia del plan.
  • Ni la hora ni el muelle ni el reparto de barcos están publicados. Todo lo de arriba es lo que nos dijeron y lo que vimos: confírmalo con ellos.

Todas las fotos y los vídeos son nuestros, hechos esa noche. Las de los fuegos —las 39, más el vídeo de la traca final— están también en la ficha de la tanda de Gianni Vaccalluzzo. Y las otras noches que hemos ido contando —La Perla, el Asador Alaia y la cena cóctel del Aquarium—, en nuestras crónicas.

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