Cenar en el Asador Alaia la noche de los fuegos: lo que se ve, lo que se come y lo que se oye
El martes 11 de agosto subimos a Igueldo a pasar la tarde: el parque de atracciones de toda la vida, cena en el Asador Alaia y los fuegos de Phoenix Fireworks desde ahí arriba. Esto es lo que comimos por 80 €, lo que nos gustó y lo que nos esperábamos un poco distinto.
Imagen usada con fines informativos. Todos los derechos pertenecen a sus respectivos titulares. Más información en el aviso legal.
La idea era pasar la tarde entera arriba y no bajar hasta el final: subir al monte Igueldo, dar una vuelta por el parque de atracciones, cenar allí mismo y quedarnos a ver los fuegos. Cuatro cosas encadenadas y todas a un paso una de otra. El parque, las vistas y la cena hicieron que el plan mereciera mucho la pena; con los fuegos, en cambio, quizá íbamos con unas expectativas un poco diferentes, pero a eso llegaremos al final.
Fue el martes 11 de agosto de 2026, la noche que le tocaba a Phoenix Fireworks en el Concurso Internacional. Llegamos arriba pasadas las siete de la tarde y nos marchamos al terminar los fuegos.
Primero el parque, que para mí es media infancia
Al Parque de Atracciones del Monte Igueldo he subido muchísimas veces desde pequeño, y buena parte de la gracia de volver está justo ahí: reconocerlo. A mí me sigue pareciendo el de siempre, con atracciones que recuerdo muy parecidas a como estaban y alguna que sí se ha renovado del todo, como el Kosmikar, que ya no se parece al que yo tenía en la cabeza (el mural de la entrada, eso sí, lo sigue escribiendo «Cosmicar»). El parque y el funicular se inauguraron el 25 de agosto de 1912 y en 2014 los declararon Conjunto Monumental, que es una forma oficial de decir lo que se ve nada más entrar: aquí no se ha tirado nada por moderno.
Y antes que ninguna atracción está lo que se ve desde arriba. Desde el mirador aparece la bahía de la Concha entera, con la isla de Santa Clara en medio y el monte Urgull cerrando al otro lado. Es una panorámica difícil de igualar, y a las siete de la tarde de agosto, con el sol todavía alto, está preciosa.
La Montaña Suiza, que era a la que más ganas teníamos
La Montaña Suiza —Mendiko Trena en el cartel bilingüe que sigue clavado en la pared de piedra de la estación— era la atracción a la que más ganas teníamos, y no defraudó. Se inauguró en 1928, la diseñó el ingeniero alemán Erich Heidrich y está considerada la montaña rusa de acero en funcionamiento más antigua del mundo.
Pero lo bonito no es el dato, es lo que se siente subido en ella. Es una scenic railway: el recorrido va sobre una base fija de hormigón, los vagones conservan su construcción de madera y el diseño histórico de la atracción, y la velocidad no la lleva ningún sistema automático, sino un guardafrenos que va montado en el propio tren frenando a mano. Se sube uno esperando la nostalgia y se baja con la sensación, bastante más rara, de haberse montado en una máquina que lleva casi cien años haciendo lo mismo.
El Río Misterioso, las tortugas y la caseta de los huesos
El Río Misterioso es de hacia 1930 y conserva la rueda motriz, el cauce de hormigón, las barcas de madera y parte de sus antiguos dioramas. Las barcas navegan al borde del acantilado, con el mar ahí abajo y un muro de piedra por medio; es un rato corto y tiene su punto. Aquí hicimos cola, algo bastante comprensible en plena Semana Grande. También nos sirvió para acordarnos de que tenemos Igueldo al lado todo el año y de que seguramente deberíamos subir más veces, cuando la cosa está algo más tranquila.
Y luego están las casetas de juego, que para mí son media gracia del sitio: la carrera de tortugas —con sus siete tortugas bautizadas una a una en el marcador: Lupita, Veneno, Ramsés, Cirila, Diana, Txiki y Pupa— y la de tirar bolas a las ollas, con su pared de huesos numerados y los peluches colgando alrededor. La de las tortugas es el juego de feria de toda la vida: metes bolas en los agujeros y tu figura avanza, el mismo invento que en tantas ferias va tematizado con caballos o camellos. Cuesta un par de euros, dura dos minutos y es igual de tonta y de divertida que siempre me pareció. Van los niños y terminamos jugando los padres.
Porque el parque cambia, aunque no lo parezca. Lo que ya no está son los caballitos: los ponis a los que se subieron generaciones de críos durante cuatro décadas se retiraron en la reforma de 2016, por el debate sobre el uso de animales, y donde ellos iban y venían hay ahora un par de carruseles. Yo me acordaba perfectamente de ellos y reconozco que subir y no verlos deja un poquito de bajón, aunque el motivo se entienda de sobra.
A cenar: la terraza del Alaia, con la bahía debajo
Nos sentamos en el Asador Alaia sobre las 20:30, con las mesas puestas, las sombrillas abiertas y toda la bahía desplegada un par de cientos de metros más abajo. A nosotros nos pareció un sitio espectacular: se cena mirando la Concha desde arriba, con Ondarreta a los pies, y según va cayendo la tarde las luces de la ciudad se encienden justo debajo del plato. Es de esas terrazas que se defienden solas.
Un detalle práctico que se agradece más de lo que parece: el restaurante tiene aparcamiento propio, prácticamente en la puerta. Subir a Igueldo en coche un día de fiestas y no andar dando vueltas es una comodidad seria. Eso sí, conviene llegar con tiempo: si vas justo, no contaría con que quede sitio.
El menú de esa noche: qué comimos por 80 €
La carta se titula «El menú de Semana Grande», y esto es lo que nos sirvieron:
- Entrantes (los tres, para todos): plato de jamón ibérico de bellota; foie micuit con cebolla caramelizada y reducción de Módena; crema de pescados y mariscos.
- Plato principal, a elegir: solomillo de viejo a la brasa con patatas y piquillos o arroz con almejas, que se pide como mínimo para dos personas.
- Postre: tarta del día o sorbete de limón/mandarina al cava.
- Bebidas incluidas: tinto Rioja crianza, rosado, blanco, sidra y aguas.
El precio no se ve en nuestra foto de la carta, así que lo tomamos de la web del restaurante: 80 € por persona, IVA incluido, los días 8, 9, 10, 11, 12, 13 y 15 de agosto por la noche, y 90 € el día 14, la víspera de la Virgen, porque se añade cava. Se reserva por teléfono, en el 943 22 36 62.
Del jamón diré lo que pensamos: estaba bueno, pero tampoco era para tirar cohetes. Y lo digo con una salvedad importante, porque el jamón varía muchísimo de un plato a otro y no tenemos ni idea de si el que nos tocó a nosotros era representativo. El foie nos gustó mucho. Y la crema de pescados y mariscos fue el entrante que más nos gustó a los dos —eso sí, llega muy caliente y yo me quemé un poco por meterle prisa; culpa mía, que soy «un poco» impaciente—.
Con el principal no hubo debate: Elena y yo nos fuimos de cabeza al arroz con almejas. Nos pareció espectacular y fue lo que más disfrutamos de la cena; si volvemos, seguramente repetiremos. Del solomillo no podemos decir nada, porque no lo probamos. Sí conviene tener en cuenta que el arroz se pide como mínimo para dos, así que si vais y os apetece, mejor poneros de acuerdo antes de sentaros.
De postre pedimos la tarta del día —esa noche, una tarta de queso helada, muy buena— y el sorbete de mandarina. Con el sorbete pasó una cosa que cuento porque puede ser útil: Elena lo pidió después de que en un primer momento nos dijeran que no llevaba cava, pero al volver a preguntarlo más tarde no pudieron asegurárnoslo del todo, y como ella no bebe alcohol, prefirió no arriesgarse. Acabé tomándomelo yo. Estaba bueno, así que tampoco fue un gran sacrificio.
Los fuegos desde Igueldo: espectaculares a la vista, diferentes al oído
Antes incluso de que empezaran ya merecía la pena asomarse: la playa llena, el paseo a rebosar y decenas de barcos fondeados en la bahía con las luces encendidas, esperando. Desde arriba se ve la ciudad entera colocándose para mirar al mismo punto, y eso solo ya es un espectáculo.
Y visualmente son otra cosa. Los fuegos entran enteros en el encuadre, con la bahía, la isla, la playa, la ciudad y el reflejo completo sobre el agua. Pocos sitios permiten ver todo eso a la vez, y nuestras mejores fotos de la noche son de ahí arriba.
Dicho lo cual, aquí creo que íbamos con unas expectativas un poco equivocadas. La distancia cambia la experiencia sonora: los fuegos llegan más débiles y con retraso, de modo que las conversaciones, los platos y los cubiertos de la terraza compiten con ellos. En varios de nuestros vídeos se escucha más el ambiente del restaurante que la propia pirotecnia, y se nota porque los clips de esta página conservan el sonido original. No es culpa del restaurante, claro: Igueldo está donde está, y estamos en una terraza cenando, que es lo normal. A nosotros nos faltó un poco esa sensación de tener la pirotecnia encima que habíamos vivido la noche anterior cenando en La Perla, mucho más cerca; probablemente veníamos condicionados por eso.
Tampoco diría que un sitio sea mejor que el otro, porque son experiencias distintas: desde La Perla los fuegos se sienten y se escuchan con muchísima intensidad, y desde Igueldo se contemplan dentro de un paisaje mucho más amplio. Habrá quien prefiera estar abajo y notar cada petardazo; nosotros queríamos probar cómo era verlo todo desde arriba, y no nos arrepentimos en absoluto.
Hay dos pequeños detalles que, en nuestra opinión, podrían ayudar a disfrutar todavía más del momento: reducir o apagar la iluminación del muro durante los fuegos —si es que depende del restaurante y se puede hacer— y valorar una pequeña pausa en el servicio durante los quince o veinte minutos que dura la tanda. Es solo nuestra impresión, pero creemos que así el paisaje ganaría aún más protagonismo. Puede que a otras personas ni siquiera les importe; depende mucho de lo que busque cada uno.
Lo que aprendimos, por si vas
- Sube pronto y haz antes el parque. Es lo que convierte la cena en un plan de tarde entera, y a las siete todavía queda luz de sobra para las vistas.
- Piensa qué parte de los fuegos te importa más. Si para ti es importante sentirlos y escucharlos con mucha intensidad, probablemente los disfrutes más cerca de la bahía; si prefieres contemplar la ciudad entera y los fuegos dentro del mismo paisaje, Igueldo ofrece una perspectiva muy especial.
- Reserva con antelación, por teléfono (943 22 36 62): en los días grandes la terraza se llena.
- El arroz se pide mínimo para dos. Merece la pena hablarlo antes de sentarse.
- Si evitas completamente el alcohol, pregunta por el postre antes de elegir: en nuestro caso no pudieron confirmarnos que el sorbete de mandarina fuera totalmente sin cava.
- Llega con tiempo si quieres aparcar junto al restaurante. Tiene aparcamiento propio, pero no es infinito.
- Vuelve al parque en un día menos concurrido. Fuera de los días grandes de Semana Grande es bastante más fácil disfrutarlo con calma.
Nos lo pasamos muy bien, y eso es lo que nos llevamos. El plan completo —parque, vistas, cena y fuegos— merece mucho la pena; el entorno del Alaia nos pareció espectacular y la cena nos gustó, sobre todo la crema, el foie y ese arroz. De los fuegos nos queda una imagen difícil de conseguir en otro sitio, aunque se oyeran bastante menos de lo que esperábamos. Volveremos al parque, seguro, y también repetiríamos la cena. Es nuestra impresión, claro: puede que a otra gente la distancia o el ambiente de la terraza le pesen de otra manera.
Todas las fotos y los vídeos son nuestros, hechos esa tarde y esa noche. Si te apetece ver la ficha del sitio con calma, la tienes en nuestra selección de experiencias; si lo que buscas es el concurso y quién dispara cada noche, está en el hub de los fuegos de la Concha; y el resto de noches que hemos ido contando, en nuestras crónicas.
Lo que vimos
Fotos y vídeo: semanagrande.com
De lo que habla
Otras crónicas de este año
Más noches de la Semana Grande de Donostia contadas en primera persona.
Experiencias recomendadas
Ver todasRecomendado por el equipo de semanagrande.com